Tentación, normas y obligaciones

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Tentación, normas y obligaciones

Hay determinadas fechas del año que no puedo evitar pensar en qué momento estaré a medio vestir y con quién lo compartiré. Malas costumbres, malas tradiciones o quizá supersticiones. Las fechas son estas: Navidades, mi cumpleaños, fin de año y San Juan. Días absurdos como cualquier otro. Días maravillosos como cualquier otro. Días especiales, por su esencia o por los compromisos. Quizá porque fue durante unas navidades que dejé atrás algunos tapujos sociales y decidí dejarme llevar por la situación.

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Desde entonces, la Nochebuena tiene que ser buena y húmeda. El día de Navidad es para recuperarse porque enseguida llega la noche de mi cumpleaños. Imposible no brindar y que vuelva a volar la ropa.

 

Momentos, emociones y fluidos que son difíciles de compartir, con palabras, digo. No puedes llegar a la cena de Noche Buena, justificando la demora porque te has despistado y no querías, no lo tenías previsto y has acabado desnuda sobre una alfombra…

 

La culpable una botella de vino (y sin descorcharla). El día de trabajo fue complicado y le pedí a un amigo que me comprara el vino para llevar a la cena. Con margen suficiente de recoger la botella y llegar casa para poder cambiarme, fui a su casa.

 

La tentación. Las normas. El qué hacer. Lo que está bien. Lo que está mal. A estas alturas, ya no lo distingo. Dicen que la cabra tira al monte, y parece que, no lo he olvidado a pesar de la repentina tranquilidad.

 

Cuando ves a alguien que te excita, cuando llevas unos días sin sexo y estás sensible o cuando se unen los dos factores. En ese momento, estoy perdida. Da igual dónde me encuentre o lo que tenga que hacer después, el segundero se para. Quizá por eso hace años que no uso reloj.

 

Un vino excelente y un vestido fantástico, tenía preparado. Subí a su casa, había encontrado buen aparcamiento. Como había tiempo, no en exceso, pero si para tomar un café decente antes de salir corriendo… Empezamos a hablar, comentar los últimos días, los planes para los próximos… Cuando me di cuenta, no podía dejar de mirar el triángulo que forma el cuello, la garganta y su clavícula. Llevaba una camisa blanca. ¡Perdición! Pensé, al tiempo que notaba algo en mis braguitas. Miré el teléfono, estaba deseando que él se acercara pero solo hablaba de no sé qué… Nerviosa, empecé a moverme. Un poco más de café, un sorbo de agua, algo más de azúcar. Todo sirve para distraerme de su cuello, de su olor, de sus manos.

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– Angie, ¿azúcar? ¿Desde cuándo tomas azúcar con el café?

– ¡Ups! ¡Qué despiste! Creo que ya me marcho, de todos modos, esto ya está imbebible… Y tengo que arreglarme aún y cruzar la isla…

– ¿No decías que tenías tiempo? Te preparo otro, es un momento.

– Sí, pero mejor voy con tiempo que no tengo nada claro.

– ¿Qué es lo que tienes que tener claro?- Qué rabia, cuando se ponen preguntones-

 

Dejé la taza sobre la mesa. Me lo quedé mirando. Llevaba los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Me levanté. Los vaqueros ceñidos a sus muslos. Instantes de la última vez que nos habíamos acostado se presentaron.

 

– No te marches. Un café, ¿no? Así te despejas.

 

Él seguía sentado, me acerqué, le acaricié el cuello y le besé en la frente. Nos miramos un momento, en silencio, sin ninguna mueca. Se me hizo eterno. Nos estábamos pidiendo permiso para seguir. Me agaché más y le besé en los labios. Ese labio carnoso, esa boca que tanto llegué a conocer. Con mimo y cuidado. Prestando atención a todos los rincones, a todas las sensaciones.

 

En seguida me dejé caer de rodillas. Mientras seguíamos besándonos, le desabrochaba la camisa. Él me quitó el vestido. De nuevo, en el salón, en ropa interior y sobre la alfombra que conocía. Casi como su boca. El sujetador ya estaba sobre el sofá. Me entretuve a descalzarle. Se puso en pie, le desabroché el tejano y se lo bajé. Una erección ya bien marcada. Me deshice también del bóxer. Me cogió las manos e hizo que me  incorporara, me giró, me apartó el pelo. Cogió el elástico que llevaba en la muñeca y me recogió la melena. Besándome el cuello, pasando su lengua, perfilándome. Ahora eran mis pezones los que estaban en erección. Sus manos en mis pechos, apretándome fuerte contra si. Me hizo girar 180º, de modo que estaba cara al sofá. El fue bajando, me quitó las braguitas, dejó las medias. Al mismo tiempo desplazó la mesa donde estaban los cafés. Ya teníamos un espacio más cómodo.

 

Volví a arrodillarme, el hizo lo mismo, se mantuvo a mi espalda. Me cogió por las caderas, más fuerte aún, mientras me mordía el cuello. Fue bajando por la espalda, acabé incorporada sobre el sofá.

 

Me encanta este punto de vista de tu trasero, querida.- Dejó de hablar para besarme, no puedo evitar reírme a carcajadas. Siento siempre muchas cosquillas, aunque me encanta, me excita… Su lengua pasó de la nalga al interior de mi sexo. No le podía tocar, a penas. Tampoco me importaba en esos momentos. Sus manos me acariciaban. Le noté sobre mi,  cada una de sus manos sobre mis pechos. En las nalgas notaba su pene erguido. Empezamos a jugar. A punto de penetrarme. Tuvimos que parar para buscar un preservativo, menos mal que estaba el bolso cerca…

 

Dejé que se lo pusiera él. Siempre ha preferido hacerlo él mismo. Me tumbé en la alfombra, preciosa, en blanco y negro. Me gusta pensar en la imagen de nosotros desnudos, sobre todo mi piel tan blanca con las medias negras sobre la alfombra suave. Se incorporó sobre mi colocando varios cojines para que pudiéramos estar más cómodos. Ahora ya si, me pudo penetrar. Qué gusto, qué alivio… Continuamos besándonos, recorriendo toda la alfombra. Le mordí fuerte. Su olor, me resulta irresistible como sus labios. Siempre me corro yo primero, el un poco más tarde. A veces, van dos. Ayer no pudo ser, vi la hora junto a la TV y me entraron las prisas, en una hora debía estar sentada en la mesa y casi estaba follando sobre una.

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Sí, claro. Llegué tarde. Sin ducha, despeinada y estrenando vestido. Cómo explicar mi demora. Cómo justificar el saltarme las normas sociales. Cómo contar que caí ante la tentación. Que quizá, no está tan mal follar con un casado. Que hacía mucho que no lo hacía. Que Navidad es una vez al año. Que hoy ya es mi cumpleaños, y vuelve a tocar y no sé con quién. Porque hay buenas costumbres que no deben perderse. La de tener buen sexo en Navidad.

5 Comments

  1. Gotzon dice:

    Bufff… Sabía que no tenía que haber empezado a leer… XD.
    Pero me ha gustado, me ha recordado momentos y a algún relato breve propio (aviso los mios son menos explicitos)
    Y… como no! me ha puesto a tono… jajaja ¿porque no decirlo?
    Te sigo.

  2. Sex Shop dice:

    Muy buenoooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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