Sintonía cromática para una relación mediocre

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Sintonía cromática para una relación mediocre

Sábado noche, copas, en el lugar habitual, con los de siempre. No sé qué hora debía ser tres y algo o cuatro de la mañana. El pescado ya está vendido, has visto a quién tenías que ver y todas las novedades que pueden aparecer. Nada motivador a mi alrededor así que sigo charlando con uno de los chicos del grupo.  Es una de esas noches en las que estoy inquieta y no me apetece irme sola, la semana ha sido dura y con jornadas muy largas. Ya no es hora de marcar ningún número de la agenda.

Por sorpresa aparece F. Hace mucho que nos conocemos, coincidimos en un trabajo de aquellos para llegar a fin de mes. Siempre hubo un ligero coqueteo pero nunca llegamos a nada. Había algo de él que no me gustaba aunque el chico ponía empeño y simpatía. Los últimos meses habíamos coincidido de nuevo en alguna barra.

Puse la mejor de mis sonrisas y me alejé del grupo. Era el momento de dar una oportunidad al final de la noche. Sin darme cuenta había pedido una copa, no podía hacerle un feo. Aquello fue fácil, estuvimos riendo y… hablamos de ir a casa. No había ninguna opción mejor que él, esperaba que tuviese casa, ya que la mía no iba a verla. Y no, no tenía casa en Palma pero sí podíamos ir a un velero. Pensé que podía ser divertido y accedí.

Muchas veces he salido a navegar pero nunca había dormido en un velero y menos amarrado. Era pequeño. F. tampoco era demasiado grande, nada de lo suyo resultó serlo en ningún momento. Únicamente un camarote, en proa. Entré como pude, no se nos ocurrió desvestirnos antes, me gusta que me desvistan aunque el chico no lo captó y el espacio reducido tampoco ayudó a hacerlo  con cierta dignidad. Él se puso nervioso y yo no sabía qué hacer con la ropa. Aquello que fue ameno del bar debimos dejarlo olvidado sobre la barra. Mi deseo se desvaneció.

Qué difícil era moverse allí dentro, no sé cuántas veces me golpeé la cabeza, en cuanto te girabas un poco dabas en alguna de las paredes y qué calor… ¿Dónde estaba mi marinero italiano? Aquello fue de mal en peor. Sexo torpe, insulso y claustrofóbico.

Me desperté de la temperatura insoportable que había allí dentro, el tambucho estaba cerrado. Le desperté y le pedí que me acompañara a casa. Al vestirme me sentí ridícula con el vestido de lentejuelas rosa palo combinado a la perfección con su camisa del mismo tono. Al salir a cubierta, en el barco de enfrente una perfecta familia (como aquellas que salen en el Hola)  con tres niños, todos ataviados con sus náuticos y polos, embobados viendo la escena. Más absurda me sentí allí,  cegada por el brillo de las lentejuelas a las 11 de la mañana a más 30ºC, un mal polvo, principios de resaca aunque aún tenía todo el fin de semana por delante.

Moraleja: las repescas no suelen salir bien. ¿Alguna vez  te has llevado puesto lo que tenías que haber dejado?  ¿Todo lo que vuela, a la cazuela?

4 Comments

  1. Gotzon dice:

    Divertida la anécdota si es, desde luego!
    🙂
    Un abrazo

  2. Ava Maof dice:

    Uf, una noche de aquellas… por suerte se las termina llevando el viento, aunque nos dejen un resto de escalofrío en la piel cuando las recordamos…

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