La Vida Sexual de Catherine M.

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La Vida Sexual de Catherine M.

A continuación, dos fragmentos del libro de Catherine Millet, La vida sexual de Catherine M.   Es una lectura que siempre recomiendo. Sorprende el lenguaje que utiliza en el momento de contar su historia, sus encuentros, esporádicos, furtivos… como sean con sus amantes. Es muy meticulosa en las descripciones, seguramente debido a su deformación profesional, Catherine Millet es una prestigiosa crítica de arte francesa. Como en todo hay muchas críticas, valoradlo vosotros mismos… Un último dato curioso a casi ningún hombre (que conozco) y lo ha leído le ha gustado.

Tiene por costumbre burlarse de mi conducta de folladora y declara que a esa hora, por lo menos, está seguro de ser el primero que me penetra ese día. ¡Pues no, mira por dónde! He pasado la noche con otro, hemos follado antes de marcharme, tengo todavía su polen en el fondo del chocho. Sofoco contra la almohada mi rapto de alegría. Advierto que él está un poco ofendido.

p. 60 Ed Anagrama

Toda mi cara chapoteaba en su vulva espesa. Nunca en mi vida había sorbido un dobladillo tan inflamado que, en efecto, me llenaba la boca tanto como un albaricoque gordo, como dicen los meridionales. Yo me adosaba a sus labios mayores como una sanguijuela y luego soltaba la fruta para estirar la lengua hasta rasgarme el frenillo y penetrar hasta lo más hondo posible en la dulzura de su umbral, una dulzura comparada con la cual la punta de sus pechos o la redondez de sus hombres eran insípidas. No era de las que se encabritan, exhalaba y pequeños gemidos, tan suaves como el resto de su persona. Resonaban sinceros y me producían una exaltación tremenda. ¡Con qué ansiedad mamaba entonces la frambuesa prominente, cómo me abandonaba a la escucha de aquel rapto! Cuando nos vestíamos, con esa alegría y agitación del vestuario de un club de deportes. Paul, que decía las cosas con más franqueza que todos los demás, se dirigió a Léone: ¿Y? Había sido bueno, ¿no? ¿No había valido la pena soltarse? Ella respondió, bajando los ojos y enfatizando la primera sílaba, que una persona le había hecho efecto. “¡Dios mío, que haya sido yo!”, pensé.

P 56 Ed. Anagrama

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