Historia de O.

Dolor de cabeza y Jaquecas
7 noviembre, 2012
ELLEN VON UNWERTH, glamour, sensualidad, erotismo y algunas perversiones
14 noviembre, 2012

Volvemos con literatura. Historia de O. de Pauline Réage, 1954. Bajo mi punto de vista es una obra excelente. Estoy releyéndola una vez más. Os dejo un fragmento…

Cuidado con los escalones —dijo Pierre.

Ella empezó a bajar una escalera, tropezó y Pierre la sostuvo entre sus brazos. Nunca la había tocado más que para encadenarla o azotarla, pero ahora la tendía sobre los fríos escalones a los que ella se asía como podía con las manos atadas para no resbalar, mientras él le tomaba los senos. Su boca iba de uno a otro y ella sentía el peso de su cuerpo que se apoyaba en ella y luego se erguía lentamente, No la levantó del suelo hasta que estuvo satisfecho, Húmeda y temblando de frío, ella acabó de bajar la escalera y oyó que se abría otra puerta por la que entró y entonces sintió bajo los pies una gruesa alfombra. Un tirón en la cadena y las manos de Pierre le soltaron las manos y le quitaron la venda: estaba en una habitación redonda, abovedada, muy pequeña y muy baja. Las paredes y la bóveda eran de piedra sin revestimiento alguno, con las juntas al descubierto. La cadena que llevaba sujeta al cuello estaba enganchada a una anilla clavada en la pared a un metro de altura, frente a la puerta y no le permitía dar más que dos pasos hacia delante. No había cama ni nada que se le pareciera, ni manta, sólo tres o cuatro almohadones estilo marroquí pero estaban fuera de su alcance y era evidente que no estaban destinados a ella. A su alcance, por el contrario, había un hueco en la pared del que salía la escasa luz que iluminaba la pieza y en el que alguien había dispuesto una bandeja de madera con agua, fruta y pan. El calor de los radiadores empotrados en la base de las paredes, a modo de zócalo, no bastaba para disipar el olor a tierra y humedad, olor de las antiguas prisiones y de las mazmorras de los castillos. En aquella cálida penumbra a la que no llegaba ruido alguno, O pronto perdió la noción del tiempo. No había día ni noche y nunca se apagaba la luz. Pierre o cualquier otro criado traían más agua, pan y fruta cuando se terminaba lo que había en la bandeja y la llevaban a que se bañara a un reducto contiguo. Ella nunca vio a los hombres que entraban, porque previamente un criado le vendaba los ojos y no le quitaba la venda hasta que ellos se habían ido. También perdió la cuenta de sus visitantes y ni sus suaves manos ni sus labios que acariciaban a ciegas supieron nunca a quién tocaban. A veces eran varios, pero casi siempre uno sólo. Antes de que se acercaran a ella, tenía que arrodillarse de cara a la pared, la anilla del collar enganchada al mismo pitón que sujetaba la cadena para que la azotara. Apoyaba la palma de las manos en la pared y con el dorso protegía su rostro para que la piedra no la arañara; pero no podía evitar las desolladuras en las rodillas y los senos. También perdió la cuenta de los suplicios y de sus gritos, ahogados por la bóveda. Esperaba. De pronto, el tiempo dejó de estar inmóvil. En su noche de terciopelo, alguien desenganchaba la cadena. 

Había esperado tres meses, tres días, diez días o diez años. Sintió que la envolvían en una tela gruesa y que alguien la levantaba en brazos. Se encontró en su celda, acostada bajo la manta negra, era poco después de mediodía, tenía los ojos abiertos, las manos libres y René, sentado a su lado, le acariciaba el cabello.

Tienes que vestirte —le dijo—. Nos vamos.

Ella tomó su último baño y él le cepilló el pelo y le sostuvo la polvera y el lápiz de los labios. Cuando volvió a la celda, encima de la cama encontró su traje de chaqueta, su blusa, su combinación, sus medias, su bolso y sus guantes. Estaba hasta el abrigo que se ponía sobre el traje de chaqueta cuando empezaba a hacer frío y un pañuelo de seda para el cuello; pero ni slip ni liguero. Ella se vistió lentamente, enrollándose las medias encima de las rodillas y no se puso la chaqueta porque en la celda hacía mucho calor. En aquel momento, entró el hombre que la primera noche le explicara lo que allí se le exigiría. Le quitó la gargantilla y las pulseras que desde hacía dos semanas la mantenían cautiva. ¿Se sentía libre? ¿O le parecía que le faltaba algo? No dijo nada, casi sin atreverse a pasarse las manos por las muñecas ni por el cuello. Luego, el hombre le rogó que entre las sortijas, todas parecidas, que le presentaba en una arqueta de madera, eligiera la que mejor se adaptara al dedo anular de su mano izquierda. Eran unas extrañas sortijas de hierro forradas de oro en su interior, con un abultado sello en el que, incrustado en oro, se veía el dibujo de una especie de rueda de tres radios, en forma de espiral, parecida a la rueda solar de los celtas. La segunda que se probó, forzándola un poco, se ajustaba perfectamente. Le pesaba y el oro brillaba veladamente entre el gris mate del hierro pulido. ¿Por qué el hierro, por qué el oro y aquel signo que ella no comprendía?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *